miércoles, 1 de mayo de 2013

La doncella del televisor



"Joan nació el mismo año que yo, y nuestros caminos acabarían cruzándose, pero habría sido ridículo pensar en ello por entonces. El sello Vanguard había sacado un disco suyo llamado Joan Baez, y la había visto en la tele. Había aparecido en un programa de música folk que emitía la CBS desde Nueva York para todo el país. Yo no podía dejar de mirarla. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Ella tenía un aspecto espectacular, con su lustrosa cabellera negra que caía hasta la curva de unas caderas estrechas, y sus pestañas lánguidas, ligeramente curvadas hacia arriba. Era lo más alejado posible de una muñequita de trapo. Me quedé embobado frente a la pantalla. Además, estaba su voz. Una voz que ahuyentaba los malos espíritus. Parecía de otro planeta.

El disco de Vanguard no era ninguna chorrada. Casi asustaba: un repertorio impecable de marcado corte tradicional. Parecía muy madura, seductora, intensa, mágica. Todo lo que hacía funcionaba. El hecho de que tuviera la misma edad que yo casi me hacía sentir inútil. Por ilógico que parezca, algo me dijo que era mi alma gemela, que era la cantante con la que mi voz podía armonizar perfectamente. Sin embargo, en esa época mediaba un abismo entre nosotros. Yo seguía atascado en el patio de atrás. Pero tenía la extraña corazonada de que tarde o temprano nos conoceríamos. No sabía mucho de ella. No sospechaba que siempre había sido un ave solitaria, un poco como yo, aunque había dado muchas vueltas y vivido en todas partes, desde Bagdad hasta San José. Tenía mucho más mundo que yo. Aun así, pensar que era quizá más como yo que yo mismo habría parecido algo excesivo."
-Bob Dylan, Crónicas, Volumen I-


sábado, 20 de abril de 2013

May the good Lord...

Bajo de uno de esos autobuses a los que llaman búhos. L5 rumbo a la que en estos momentos llamo "mi casa". Suena mucho a ET, lo sé. Me esperan más o menos cinco minutos de trayecto andando hasta el apartamento. Saco los auriculares del bolsillo izquierdo de mi chaqueta y los conecto al móvil. Selecciono la opción de reproducción aleatoria en la aplicación del reproductor de música. Suena "Shine a light" de mis queridos Rolling Stones.

Recorro la calle a paso acelerado hasta llegar a la rotonda de la Avenida Donostiarra. Mis prisas están justificadas por unas incipientes ganas de mear. Quizás el Señor encienda una luz por mí. En el callejón que me conduce a la calle Virgen de Lourdes, donde se encuentra mi vivienda, una ráfaga de viento me llega hasta lo más profundo de los huesos. La melodía que mi móvil reproduce ya ha cambiado. Suena "Stop Crying Your Heart Out", de Oasis. El corazón me late acelerado, pero no puedo asegurar con certeza si está llorando o no.

Por fin entro en el portal, el frío viento no me atormentará más. Mientras subo en el ascensor Oasis termina su interpretación y se dispone a comenzar la que presumiblemente será la última canción de la noche. "Don't Think Twice, It's All Right", de Bob Dylan. Una canción sobre una relación que no ha llegado a buen puerto. "I give her my heart but she wanted my soul". Será mejor que no piense mucho en ello. Me voy a dormir.

My sweet honey love.



jueves, 17 de enero de 2013

El día en que murió El Fary


Fary, desde que te fuiste muchas cosas han cambiado: hemos ganado el mundial, pero con jugadores del Barça, y han puesto a un negro en la Casablanca, pero no limpiando, ¡sino de presidente! ¡El mundo se ha vuelto loco!
-Torrente 4: Lethal Crisis-

Desde hace unas semanas se respira un ambiente de preocupación en el entorno universitario. En plena época de exámenes los nervios están a flor de piel y no hay un solo estudiante que no desee que estos días pasen lo más rápido posible. Yo, por supuesto, no soy una excepción. Al finalizar cada jornada de estudio tacho el día correspondiente en mi calendario mental esperando que este periodo se acabe pronto. Desde luego no soy un superman y reconozco que en alguna ocasión me he visto superado por la inmensidad de apuntes. En esos momentos, como todo el mundo, necesito refugiarme en un lugar seguro en el que recuperar la compostura. Unas horas de intimidad en las que me enfrento a mis propios demonios son suficientes para regresar al mundo real.

Lo que resulta más curioso es la imagen que tienen de mí mis conocidos. Mi amigo Omar, un riojano que gusta de meterse con mi condición de gallego, siempre me echa en cara la tranquilidad con la que enfrento las tareas de clase. “¿Aún no has estudiado nada para esta materia? ¿Y aún por encima te lo tomas con esa calma? Si alguna vez escuché algo sobre la pasividad de los gallegos, debe estar completamente personificada en ti”. Un buen tipo Omar, que consigue hacerme reír con sus comentarios sobre mi actitud. Éste es un concepto que viene de lejos, y ya hace tiempo que mi madre me viene reprochando una supuesta falta de ambición a la hora de afrontar los exámenes. Es la maldición que acarrea ser el hermano de Laura Losada Vázquez, el ser más estudioso que jamás he conocido. En una odiosa comparación, mis padres no me ven exteriorizar el estrés de la misma forma que lo hace mi hermana. Si el niño no está estresado, es porque en realidad no le importa aprobar o suspender. Esta creencia, unida al factor de que las horas de estudio empleadas por mi hermana me parecen inalcanzables, me convierte en el “vago” de la casa. Mi currículo tiende a importar poco, pues nunca estará a la altura de una hermana que colecciona matrículas en su segunda carrera.

Con este lapsus de infancia traumática pretendo aclarar que aunque no sea muy propenso a exteriorizar mis sentimientos de nerviosismo o estrés, eso no significa que estos no existan. Y la mejor manera que se me ocurre de justificar esta afirmación es rememorar una anécdota de mis tiempos de instituto. La historia sobre cómo afronté un examen que me aterrorizaba.

En Junio del año 2007 afrontaba una época de exámenes inusual, o al menos diferente a la de los años anteriores. Por aquel entonces estaba a punto de terminar 1º de Bachillerato y ese curso sería el primero en el que mi nota de expediente repercutiría en mi acceso a la universidad. Este hecho resultó clave para que durante aquellos meses me esforzara de manera destacada para tratar de elevar mis cualificaciones. A mediados de mes los buenos resultados me estaban acompañando en todas las asignaturas, pero mi racha se vio truncada por un suspenso. No era un suspenso cualquiera: había suspendido matemáticas.

Mi relación con las matemáticas ha circulado dando eses a través de la fina línea que separa el amor con el odio. Si bien durante mis primeros años de educación la nombraba felizmente como mi asignatura favorita, en el instituto mi opinión cambió radicalmente. Fuera una coincidencia o no, el caso es que varios de los peores profesores que se han encargado de instruirme eran profesores de matemáticas. Profesores que fueron capaces de hundir la pasión que sentía por los números y convertir cada clase en un verdadero infierno.

Pero en aquel 1º de bachillerato encontré un rayo de esperanza. Durante aquel curso se encargó de dirigir la asignatura numérica una profesora que, a pesar de ser algo desordenada, normalizó mis pensamientos. Sus clases no eran brillantes pero tampoco eran un infierno, lo que para mí ya era suficiente. Durante todo el curso mi interés por las matemáticas floreció de nuevo cuando yo ya creía que había desaparecido para siempre. Quizás este motivo hacia más dolorosa la cruda realidad: había suspendido el examen final.

No todo estaba perdido en aquel punto. Mi profesora había anunciado un examen de recuperación debido al elevado número de suspensos. El examen definitivo. O todo o nada. Ese era mi desafío, y aunque había realizado cientos de exámenes, la situación me aterraba. Nunca había afrontado con tantos nervios un examen. El miedo al fracaso me invadía y me encerré en casa durante los escasos cuatro días de margen que tenía para estudiar. Las orejas del lobo me acechaban y mi cabeza no se separó de los libros que consultaba y las libretas en las que realizaba cálculos. Y justo cuando la tensión alcanzaba su punto álgido durante las horas previas al examen, una peculiar y simbólica noticia sacudió todos los informativos. José Luis Cantero, El Fary, había muerto.

Puede sonar a broma, pero El Fary es un símbolo. Y cuando afirmo esto no hago referencia a su carrera como artista, que lo convierte en un clásico. Tampoco estoy hablando del concepto de personaje carismático que la saga “Torrente” se ha encargado de elevar a la categoría de mito. La verdadera historia de El Fary es la de un joven que ahorraba dinero trabajando de taxista y jardinero para poder grabar sus propias maquetas. Unas maquetas que él mismo se encargaba de vender en el rastro de Madrid. El Fary es la prueba definitiva que justifica “el sueño americano” como un concepto universal. El reflejo español de cómo alcanzar el éxito desde el trabajo y la humildad. Porque no ha habido nadie más humilde y auténtico que El Fary.

La noticia me distrajo lo justo. El telediario de las tres de la tarde le dedicó un pequeño homenaje y eso fue todo lo que supe de El Fary hasta que llegó el examen, a media tarde. Ya sentado en mi pupitre esperaba nervioso la hoja con las preguntas. Una vez tenía los enunciados a mano comencé a leer y me dispuse sin demora a responder las primeras preguntas. En cuanto empecé ya no pude parar. Realmente sabía cómo hacer el examen y los nervios desaparecieron en el mismo momento en que mi bolígrafo garabateaba los primeros números. Cuando terminé el examen me levanté para entregarlo convencido de que el aprobado estaba asegurado. Cuando llegué a la mesa de la profesora, donde se amontonaban los exámenes que otros compañeros ya habían entregado, me dispuse a dejar los folios que componían mi examen. Justo antes de hacerlo, miré al resto de mis compañeros y, buscando una carcajada general, alcé los folios y grité: "Fary, esta va por ti".

Era joven y tenía tendencia a actuar de payaso, pero a pesar de ello recuerdo el momento con mucho cariño. Había recuperado las matemáticas. Son las reglas de Dios, e incluso él las debe cumplir. Aunque supongo que la vida en el paraíso es más amena desde que El Fary le acompaña.

martes, 4 de diciembre de 2012

Like a Rolling Stone

"La primera vez que escuché a Bob Dylan estaba en el auto con mi madre escuchando WMCA y luego siguió aquel golpe de caja que sonó como si alguien hubiera abierto la puerta de tu mente de una patada."
-Bruce Springsteen durante su discurso de introducción a Dylan en el Salón de la Fama del Rock, 1988-

La puerta de mi mente se había abierto y no volvería a cerrarse. Tenía 17 años y me había visto arrastrado por la curiosidad de conocer qué tenía de especial esa canción que la prestigiosa revista "Rolling Stone" había elegido como "la mejor canción de la historia". El órgano descargó con furia mientras la voz de Dylan con una fuerza indescriptible (no sirve de nada intentar explicarlo, simplemente ¡escúchala!) narraba la caída de una niña despreocupada y caprichosa que termina enfrentándose a la vida desde la mendicidad.

La composición ya me había absorbido, y revisaba la letra una y otra vez escudriñando cada metáfora en busca de respuestas. Siempre entendí la canción como una evolución desde una reprimenda inicial por parte del narrador hasta un sentimiento de complicidad producto de la compasión que termina por ensalzar la situación actual de la protagonista (el famoso "When you ain't got nothing, you got nothing to lose" de la estrofa final). 

Pero más allá de la historia narrada se encuentra el sentimiento de identificación personal. Es probable que Dylan se sintiera una persona en tierra de nadie ("With no direction home Like a complete unknown"), que se encontraba en un proceso de búsqueda que le había llevado a cambiar radicalmente el estilo de su música. Este sentimiento habría llevado a Dylan a tomarse esta composición como una obra realmente personal. Solo así se explica el sentimiento incluido en la interpretación de su estribillo. Cada uno de esos "How does it feel" se clava como un puñal directo al corazón cada vez que escucho la canción y, lo que es más, me hace replantearme la pregunta propuesta. Me lleva a pensar que no sé lo perdido que estoy realmente, pero a pesar de ello me invade un sentimiento de seguridad. Quizás estar perdido no es tan horrible. Quizás te ofrezca la posibilidad de ser libre para encontrar tu verdadero hogar, el lugar en el que finalmente sientas que deberías estar.

Siempre será una de mis canciones preferidas y una de las pocas que considero realmente importantes. Fue la primera vez que escuché a Bob Dylan, y créanme que nunca más volví a ser el mismo. Desde entonces siempre me acompañaría una pregunta:

How does it feel
How does it feel
To be on your own
With no direction home
Like a complete unknown
Like a rolling stone?

domingo, 21 de octubre de 2012

Cuando el dedo señala a la luna, el tonto mira el dedo




"Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer las otras cosas no porque sean fáciles, sino porque son difíciles, porque ese objetivo servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese reto es uno que estamos deseando aceptar, uno que no estamos dispuestos a posponer, y uno que pretendemos ganar, y los otros también."
-John Fitzgerald Kennedy, 1962-

El 25 de Agosto de 2012 fallecía Neil Armstrong, el primer ser humano en pisar la luna el 21 de Julio de 1969. El primer hombre que pisó un mundo distinto al que todos conocemos. Probablemente hablemos del mayor héroe de la historia de la humanidad, un personaje único que representó el progreso de todo un planeta. El 26 de Agosto la prensa mundial cubría sus portadas con la noticia y miles de artículos dedicados se escribieron en todo el globo. Tras leer uno de estos artículos, concretamente el que E.J. Rodríguez escribió para Jot Down (el artículo es tan bueno que puedo utilizar mi escrito como excusa para promocionar el de E.J.), salí al balcón para contemplar la luna, siguiendo el consejo del autor.

La luna colgaba del cielo como tantas y tantas noches. Recordé a Neil Armstrong y lo fascinante que me parecía aquel viaje de niño. Porque yo, con cinco años, soñaba con ser astronauta (no se me daba bien jugar al fútbol, y ser futbolista no era una opción, si ustedes me entienden). Me quedaba embobado mirando por la tele a aquellos superhombres ataviados con un traje espacial como si de caballeros medievales con armaduras se tratasen. Mi sueño era viajar con un mapa de estrellas como único paisaje. A pesar de mi aspecto frágil y delicado (siempre fui un niño de desarrollo lento, de esos que cumplen con el papel de “el más bajo de la clase”), siempre me veía a mi mismo enfrentando a extraterrestres o salvando a la humanidad evitando el impacto de un meteorito contra la tierra.

Pero el pensamiento de un niño es volátil, y si un día sueñas con ir a la luna, al día siguiente sólo piensas en capturar los 151 pokémon. Y así fue que las ilusiones en las que me veía como hombre del espacio pronto se diluyeron. La luna pasó a protagonizar los sueños infantiles en los que me transformaba en un mono gigante tras observar el satélite natural, como le ocurría a Son Goku, y me dedicaba a destruir el colegio. Cosas de niños.

Más de quince años después me veo otra vez mirando fijamente a la luna. Muchos lo han hecho a lo largo de la humanidad. Es un elemento que siempre ha estado ahí.


PD: Mi colegio también sigue estando ahí, donde lo dejé por última vez.